"And the man in the rain pick up his bag of secrets, and journed up the mountainside, far above the clouds. And nothing was ever heard from him again...
...except for the sound of Tubullar Bells".
El elefante ya ha recordado todo lo que tenía que recordar.
El hombre se desvanecía entre las cortinas de la irrealidad. El tiempo fluía perezoso, indolente. Los momentos nacían y morían como siempre ha sido. La emoción ausente no era deseada ni añorada. Era sólo eso, ausencia.
El gato se frotaba entre sus piernas, el ronroneo tranquilizaba a ambos. Como el tambor del chamán, le servía de guía, de onda portadora de su conciencia. Los papeles, amontonados en un caótico bulto no carente de belleza, llenaban la habitación. El animal tenía hambre; el hombre también.
La ventana entreabierta retumbó con un repentino golpe de viento. Los papeles volaron en todas direcciones. El hombre no reaccionó, el gato se erizó y corrió a refugiarse bajo la cama.La habitación se llenó de palabras voladoras, de hojas llenas de signos nacidas de su tronco; no pareció importarle. Sin saber por qué pensó en infinitos monos con infinitas máquinas de escribir. Si ellos podían escribir todas las obras de Shakespeare, quizá el viento pudiera ordenar su historia sin principio, sin fin.
Algo entró por la ventana. Balanceándose y girando en espiral, una hoja extraña penetró en la estancia. También llena de signos.Algunas de las suyas salieron al tiempo llevadas por la corriente. El viento escribía, componía obras, pensó. Se figuró infinitos escritores frustrados en infinitas habitaciones con infinitos montones de hojas desordenadas, esperando que el viento diera forma a sus historias, intercambiando y repartiendo escenas, capítulos, diálogos, hasta conformar infinitas obras perfectas, armónicas.
Sonrió. Bajo la cama, el gato maullaba hambriento. Se estiró y atrapó al vuelo aquella hoja venida de ningún lugar. La leyó. Era un principio. Justo lo que necesitaba.
Dando las gracias al viento se levantó pisoteando el resto de hojas desparramadas por el suelo y se dirigió a la nevera. Comer o morir. Era un principio.
La palabra Hyperion es una de las palabras favoritas del elefante. Le gusta escribirla y mirarla; le gusta pronunciarla. Le gusta su forma, su dibujo, su música. Pero además le gusta su historia, sus inspiradores significados; su contenido.
Hay palabras especiales que esconden inabarcables universos detrás de su aparentemente simple grafía. En este caso, apenas ocho signos conforman una pléyade de acepciones literarias, astronómicas, mitológicas, poéticas y por qué no, universales.
¿Qué es Hyperion?.
En su grafía castellana, Hiperión es, en su origen, el nombre de uno de los Titanes de la mitología griega. Hijo de Urano (el cielo) y Gea (la tierra). Su nombre significa “el que vive arriba”, “el que mira desde arriba”, “el sol en lo más alto”.
El inmortal poeta ciego –Homero- nos lo describe en la Iliada como el dios sol, “Helios Hyperion”. Sin embargo en su Odisea, en su himno a Démeter y también en la Teogonía de Hesíodo, el sol es nombrado como “Hyperonides “: el hijo de Hiperión.
Tea concibió del amor de Hiperión y dio a luz
al gran Helios y las brillantes Selene y Eos,
que traen la luz a todos los mortales de esta tierra
y a los inmortales dioses que gobiernan el ancho cielo.
Hesíodo, Teogonía
Helios: el Sol, Selene: la Luna y Eos: la aurora
Apunta Diodoro:
De Hiperión se nos dice que fue el primero en entender, por su diligente atención y observación, el movimiento del sol, la luna y las demás estrellas, así como de las estaciones, que están provocadas por estos cuerpos, y dar a conocer estos hechos a los demás; y por esta razón fue llamado padre de estos cuerpos, pues había engendrado, por así decirlo, la especulación sobre ellos y su naturaleza.
Diodoro- Sículo
En su significado quizá más prosaico y actual, Hiperión es el nombre de una de las lunas menores de Saturno, bautizada así tras su descubrimiento en 1848 en honor al mencionado Titán. Se caracteriza por su forma irregular y una órbita extremadamente caótica e impredecible, que junto a una mínima densidad, conforman uno de los cuerpos celestes más singulares y extraños que se conocen.
Sin embargo, es en el ámbito artístico y más concretamente en el literario, donde la palabra alcanza su máximo esplendor y riqueza.
A finales del siglo XVIII, el poeta alemán Johann Christian Friedrich Hölderlin, amigo de los filósofos Hegel y Schelling, concluyó la novela epistolar “Hiperión o el eremita de Grecia”(Hyperion, oder der Eremit in Griechenland). Obra romántica que destaca el papel de la Naturaleza como generadora de emociones auténticas, aún lamentando la insignificancia y pequeñez del ser humano ante ella. Casi podría decirse que premonitoria, ante lo que vendría después.
En el “cementerio de los ingleses”, en Roma, muy cerca de la pirámide de Cestius, hay una tumba sin nombre con la siguiente inscripción: “Here lies one whose name was writ in water” (Aquí yace uno cuyo nombre estaba escrito en el agua). Es el lugar donde reposan los restos de John Keats; ser inmortal que reflejó en sus versos la más pura esencia del romanticismo inglés y quizá de la misma humanidad: «la belleza es la verdad, la verdad es belleza, esto es todo lo que necesitas saber».
Murió de tuberculosis con sólo 26 años y nunca completó sus poemas épicos "Hyperion" (1818) y un año después: "The fall of Hyperion: A dream" (La caída de Hiperión: Un sueño). Estos poemas inacabados están basados en la Titanomaquia -y aquí empiezan los bucles-, relatada por Diodoro en su Teogonía (theos: dios, gonía: origen). La lucha de los -hasta entonces- dioses dominantes: los Titanes, contra los nuevos y emergentes dioses olímpicos, que culminará con la derrota y caída de los primeros en beneficio de los segundos. El Hyperion de Keats abunda en verso blanco (de métrica regular pero sin rima) y se corta en mitad de una línea con la palabra “celestial”. Al elefante le gustaría transcribirlo entero, pero debido a su extensión, nos quedaremos en la intemporal belleza de sus versos iniciales:
Deep in the shady sadness of a vale
Far sunken from the healthy breath of morn,
Far from the fiery noon, and eve's one star,
Sat gray-hair'd Saturn, quiet as a stone,
Still as the silence round about his lair;
Forest on forest hung above his head
Like cloud on cloud. No stir of air was there,
Not so much life as on a summer's day
Robs not one light seed from the feather'd grass,
But where the dead leaf fell, there did it rest.
A stream went voiceless by, still deadened more
By reason of his fallen divinity
Spreading a shade: the Naiad 'mid her reeds
Press'd her cold finger closer to her lips.
La belleza -y no la fuerza- es lo que lleva a la victoria a los nuevos dioses olímpicos. Ahí es donde Hyperion (el antiguo dios solar) es vencido por Apolo(el nuevo), que realmente no simboliza -como podría suponerse- la belleza física y sensual, sino:
“En este poema, el concepto de 'belleza', que hemos visto tantas veces desentrañar a Keats, alcanza su más completa y válida expresión, alejado definitivamente de todo sensualismo y erigido en síntesis suprema de los valores del espíritu. La 'belleza' de que habla nuestro poeta es ni más ni menos que el grado de desarrollo que el espíritu logra en su camino ascendente hacia el conocimiento, fruto del esfuerzo y el dolor, armoniosa supremacía sobre lo meramente natural y contingente.
El elefante no ha encontrado mejores palabras que estas (del blog mundo capitol) para expresarlo.
Pero hay más. En 1839, el escritor norteamericano Henry Wadsworth Longfellow publicó “Hyperion, a Romance “, un libro de viajes que llevó por primera vez a nuestra amada palabra al otro lado del Atlántico, donde más de un siglo después otro genio la rescataría para alzarla a cotas inalcanzables para el común de los mortales.
Iluminando los recovecos de la ausencia, la nueva vida se filtra a través de las capas más etéreas, despertando esperanzas mal contenidas y expectativas –quizá infantiles- basadas en una absoluta entrega y un férreo silencio. Las dos cosas que han de mantenerse siempre…si es que hay un siempre.
“Canta solitario una canción canción de la garganta que sangra canción de la vida que se prolonga en la muerte (lo sé bien querido amigo, pues si no pudieras cantar seguramente morirías)”.
Walt Whitman
La Entidad había asistido a la destrucción de todo un mundo. El mismo mundo, en otro Eón, en el que su ser original se había desencarnado voluntariamente; aunque ahora no lo recordara.
Su planeta natal.
Despertó allí de noche, cantando con suavidad. Estaba cerca de la costa, suspendida en el aire a media altura sobre el negro mar y al abrir sus ojos se encontró en medio del más absoluto cataclismo y en un instante, su corazón y su alma envejecieron muchas vidas y durmieron muchas muertes y en un instante, su canción enmudeció ante el horror.
Antes y después de eso había sentido eternidad e impermanencia, concebido al ser mortal pero infinito y visitado los universos más lejanos e interiores. Con pleno amor los había visto renacer, morir, renacer...salir de las sombras y alcanzar la luz, unir ambas y desaparecer; para surgir de nuevo en otro lugar, tiempo y forma.
En sus pródigas vidas, la Entidad había sido consciente, en preciosos y raros momentos, del silencio vibrante que hay detrás de todas las cosas, detrás de todas las músicas y supo de que están hechos los seres y todo lo que es.
Pero nada de eso la había preparado para ver morir un mundo. Su mundo.
El cielo nocturno palpitaba en caóticos fogonazos color sangre, ecos lumínicos que cerca, lejos, a izquierda y derecha revelaban el desastre. Como antorchas encendidas al unísono para un cíclico ritual de limpieza y regeneración planetaria, numerosos volcanes habían despertado esa noche en aquel mundo y la Entidad podía distinguir desde su posición varios de ellos; cegadoras fuentes al rojo blanco que fluían y latían en arritmia, escupiendo por sus bocas la savia ardiente de aquel planeta que se rompía. Las explosiones se encadenaban en la atmósfera fundiéndose en un fragor que reverberaba hasta entumecer los oídos. Piedras incandescentes silbaban en todas direcciones con estridentes tonos agudos e impactaban por millares en la superficie. El fuego caía del cielo ante los ojos de la Entidad, lloviendo ceniza y muerte sobre una tierra que temblaba espasmódicamente con un rugido sordo, profundo, animal, retorcidas sus entrañas por las ataduras gravitatorias.
Sus ojos se movieron como siguiendo una secuencia y la Entidad miró abajo, a la costa, y contempló una esbelta ciudad de cúpulas doradas.
La ciudad se ahogaba en sangre y gritos, en polvo y fuego. Malherida por oscuras grietas que se extendían como relámpagos y desmenuzada por el seísmo, las calles, la playa, las amplias avenidas y sobre todo la gran plaza central, reflejaban la pura esencia del pánico, atestadas de personas que corrían despavoridas hacia ningún lugar en una marea de caos y terror, intentando en vano escapar de los derrumbamientos y las grietas, de la indiscriminada lluvia de fuego, del aire hecho ceniza, del asfixiante calor, del interminable temblor de tierra, del fin del mundo. Mientras, los esbeltos edificios se desgajaban sepultando a miles, las grieta engullían a muchos más, los impactos creaban negros cráteres donde todo moría. La Entidad pudo oír los gritos de aquellos seres, que retumbaban en su cabeza eran cientos, miles, millones.
Los alaridos estallaron en su mente y penetraron su corazón, hasta que incluso su esencia inmortal fue gravemente herida por tanto dolor y muerte. En aquel momento, viendo a tantos y tantos seres morir a su alrededor, la Entidad comenzó a romperse por dentro, algo se desgarró en su interior y sintió como todo en torno suyo se desvanecía, derretido en un penetrante grito que la llevó al colapso. Perdió la cordura, perdió la memoria y olvidó el camino. En realidad lo olvidó todo, incluso quien era y por qué había estado allí presenciando toda aquella destrucción. Entonces aquel grito, aquel cruel estertor, terminó bruscamente en un denso silencio que lo llenó todo de vacío.
Su conciencia desmayada, se desintegró cayendo en la negrura, hasta ser sólo una fina lluvia de radiantes chispas volatilizadas en la muda ceguera de la no identidad de la no existencia.
Totalmente desligada, perdida y amnésica flotaba –flotó- dentro del silencio por dimensiones y mundos, vidas y muertes, buscando simplemente escuchar algo, recordar algo, ser una vez más.
Su cuerpo ahora traslúcido, arrugado y seco de soledad y temor, parecía flotar en una energía que brillaba tras sus enormes ojos plateados que todo lo miraban y que aún ahora, buscaban sin éxito sinfonías de belleza en las inaprensibles formas y los pálidos colores que entre oscuras cortinas de conciencia fluían encerrados en incoherentes bucles de interrogación y negrura.
El elefante, desnudo de prisas y titubeos, se movía grácilmente por los estrechos pasillos de la cacharrería curioseando entre las mercancías con delicado vaivén y desmintiendo así absurdos mitos.
La azafata no podía dar crédito a sus ojos. El Airbus rebosaba de pasajeros VIP, pero decididamente, aquel espárrago triguero repantigado en business class iba a suponer un serio problema.
El Viajero Estelar se moría. El gobernador de Rurë había decidido dar carácter oficial al rumor que en los últimos cronos se extendía por los mundos de la Confederación de las Tres Lunas. Era sin duda la peor noticia en los incontables y prósperos ciclos que se habían sucedido en Rurë desde la llegada de los nautas, cuando habían comenzado las travesías de los Viajeros Estelares y se había formado la Confederación. Pero esta vez, según los precisos cálculos del equipo de nautas, habían transcurrido 2.160 ciclos desde que el Viajero Estelar iniciara su última travesía, y no había regresado aún a su cuerpo.
Éste, privado de alma y de ser, sólo sostenido por un cada vez más tenue cordón plateado que saliendo de su ombligo se perdía en una interminable espiral tras las cortinas gravitatorias, había sido mantenido con vida por los diversos medios que los nautas habían enseñado en Rurë desde su llegada.
Pero superada en muchos ciclos la duración de su ausencia más larga, su cuerpo comenzaba a entrar en frecuencias peligrosas. Perdía energía, rechazaba la nutrición y se debilitaba por momentos. El equipo de nautas que controlaba todos los detalles de la travesía se mostraba pesimista. La extrema debilidad muscular, la nula actividad de sus sistemas linfático y digestivo, que ya no respondían ni a las estimulaciones magnetodérmicas y sobre todo la absoluta falta de noticias del Viajero Estelar desde que iniciara la travesía, hacían presagiar un heroico y trágico final para quien había sido el más grande viajero de mundos de toda la historia de su especie.
Desde su planeta natal, Rurë, el Viajero Estelar se había sumergido en la atemporalidad más veces que ningún otro y había viajado más dentro y más fuera que nadie. Sus descubrimientos habían hecho cambiar el curso de la historia de su galaxia prácticamente en cada uno de sus regresos, que por ese motivo eran esperados con verdadera devoción por los miles de millones de seres de las múltiples razas y especies inteligentes y semi-inteligentes quehabitaban lossistemas integrados enla Confederación de Las Tres Lunas.
En la Sala Octogonal, bajo la Cúpula del Viento, en el justo centro del palacio del gobernador de Rurë, lugar sagrado y punto de partida de todos los viajes estelares, el cuerpo del Viajero Estelar flotaba desnudo en una esfera transparente de líquido orgónico que burbujeaba con reflejos azul y cromo a casi cien termos bajo cero. Numerosos tubos, cables y microsondas cubrían su cuerpo y entraban o salían de él para proporcionarle nutrientes, energía y diversos compuestos químicos que vertían en su torrente sanguíneo.
El Viajero Estelar siempre había asombrado a todos por la fortaleza de su vehículo físico, que podía dejar en SSF, Sueño Suspendido Frío, mucho más tiempo que cualquier otro. Pero esta vez, había pasado demasiado tiempo, al menos en Rurë. Había perdido demasiado peso y los distintos sistemas de su cuerpo se iban ralentizando o dejaban de funcionar, uno tras otro, con cada hora que pasaba.
La noticia de la inminente muerte del Viajero Estelar no era ninguna sorpresa para los ciudadanos de la Confederación. Todos seguían día tras día la evolución de las travesías de los viajeros estelares. Sus regresos, siempre eran sinónimo de prosperidad, sabiduría y conocimiento, que eran recogidos en otros universos y dimensiones para ser traídos y compartidos con todos. Por eso, los habitantes de la Confederación de las Tres Lunas, adoraban a sus viajeros estelares más que a sus propios gobernadores o a los Ancianos, y el hecho de que el primero; el lejano, como era conocido por el pueblo, el más experimentado y venerado Viajero Estelar, no regresara después de casi 2.160 ciclos y su cuerpo se estuviera muriendo, estaba extendiendo el dolor yel duelo por los 360 mundos habitados que integraban laConfederación.
-Desprecio a Devon, desoigo Delaware, destaco Derry, defiendo desistir.
De
-¡Desorbitado!.¡ Dejar a Devon de Derry en Delaware, desparramado en desfiles, desoyendo determinados desatinos, deseando destacar, descarado y desplegado. Destilerias Denver le definió como deseable y destacable cliente. Despampanantes, delirantes y desbordantes desfiles en decorados decentes y desde entonces demuestra denostadamente deseos de depurar determinados órganos destilando en dedales desbordantes whisky tras whisky...
Déspota
-¿Devon?. ¿El de Derry?.
De
-Devon. El de Derry. Deslizándose decidido y descuidado a destruir su decencia y su herencia.
Déspota
-Su derecho le defiende, desisto de todos modos de desplazar, devolver, deshauciar o desembalar a Devon de su descanso en Delaware, a lo sumo lo destinaría a Delhi o a Detroit.
De
-¿Deliras?. Despierta desastre. Defines desquicie en cada defensa. Despreciable debes ser deseando deportar a Devon, al defenestrado Devon, al desvirtuado decano de decenas de despiertos y desmelenados desertores. Deflectas y me afecta y deslabazas como un decanato deuteronómico desperdigado en el desnudo desierto después de desintegrarse.
Déspota
- Desisto de Devon. ¡Desenfunda, de prisa!.
De
- Derrumbas, destronas, desprecias coronas.
Déspota
- De prisa, demonios, desnuda el acero.
De
- Despacio declaro, despacio deseo.
Déspota
- Despacio. Decides, destempla tu acero.
N
De, de pronto, descubre desorbitado que Devon, despierto y desnudo, desciende derrapando desde Delfos.
Déspota, de espaldas desconoce el descenso de Devon y decide desahogar deseos, deshonras y deudas declamando:
Déspota
- ¡Despierta!. ¿Debes desviarte después de demostrar demencia, delirios, denuncias y débitos?.
De
-¡Devon desciende, descubre detrás!.
Déspota
- ¡Demonios, es Devon!.
N
Devon desciende y derrapa, desliza y demarra. Detiene de prisa el descenso desmedido y de pronto... descansa. Descubre a los debatientes desfogados, desaforados. Desgarra el desfase, desquicia el despropósito, demuda el desprestigio desencadenado. Desgastado, desvencijado y desnudo, Devon, el de Derry, declama definitivamente la debilidad desmedida de determinados y despreciables deseos; desorbitados por desleales, desvinculados por densos, desvirtuados por demás.
Devon
-Debemos, de modo decente, desviar desde Delaware, determinados dedales, denostados por desconocimiento, despreciados y desacreditados del todo. Dentro de decenas de devoluciones de dedales demostraré despejando desconfianzas, determinadas defensas desarrolladas dentro de deseos de demiurgia destinados a despertar deportivamente y despacio, destellos, denuedos o delirios del desaparecido delfín.
N
Y entonces...Devon desiste:
Devon
- Amigos amables, ambos los dos. Ambages me amparan y amputan ampliación. Amenazo ampulosamente con amedrentar amerindios en Amsterdam.
Aunque el elefante ahora es viejo, una vez fue joven y recorrió buena parte de Iberia y Europa persiguiendo…persiguiendo…bueno, que él mismo os lo cuente.
Bien, si realmente queréis escucharlo, fue así. En otra vida, que es la misma pero no, recorrí cientos, miles de kilómetros, muchos a pie, otros a pura neurona, persiguiendo a la mujer a la que entregué mi alma, aunque sería más correcto decir que, en realidad, perseguía una imagen, un espejo perfecto en el que proyectar el ánima.
Mi diosa.
La conocí y todo mi mundo cambió, de hecho lo hacía a cada instante, añadiendo un nuevo resplandor en las cosas conocidas y desplegando en quásars arcoiris emociones vertiginosas y mágicas, infinitos abismos de sentimiento. Se llama enamoramiento y produce una alteración química en el cuerpo más fuerte que ninguna droga. Esto es lo que dicen los libros, pero todos sabemos de qué estoy hablando. ¿Sí?.
Ahora multiplicadlo por mil billones.
Nos conocimos, nos amamos, eclosionamos en un multiverso infinito autoreplicante, después hablamos, reímos, compartimos, follamos, roleamos, bailamos, soñamos, nos descojonamos, hablamos, nos drogamos, bailamos, escuchamos, reímos, discutimos, bailamos, follamos, nos drogamos, (bis) e inevitablemente nos arrojamos encima toneladas de proyecciones, de manera que ni yo la veía a ella, ni ella a mí. Lo único que conseguíamos ver era una pareja de dioses que la mayoría de las veces nos decepcionaba porque no estaba a la altura de esa imagen perfecta. Aunque he de reconocer, no sin soberbia, que en otras ocasiones nos tutearon en el Olimpo. Bueno, es la historia más antigua del mundo, lo sé. Pero esta es la mía y la estoy sacando de las entrañas.
Caminé hacia el Oeste, hacia Sirio, hacia mi propia muerte, hacia mi propia vida. Por el Camino de Santiago, seguí sus pasos, como tantas veces antes y más allá, hasta el fin del mundo, desde donde mis lágrimas la llamaron. Era mi condenada musa, era mi luz y mi sombra.
El verdadero problema es que era mi todo. Y me quedé sin nada.
Caminé hacia el Este. Creyendo, a ratos, en mi posible resurrección – ya se había hecho antes- busqué el sol naciente. Así llegué a esa justa luz y a ese viento blanco del Mediterráneo, siguiendo un amor arquetípico que me ardía el pecho. Conocí el secreto hermoso y terrible de la ciudad de Barcelona, el que esconden las obras de Gaudí y de algunos otros, que dibujaron la ciudad perfecta de la nada y rechazaron la torre Eiffel porque sobraba en su diseño natural, armónicamente concebido y ejecutado en menos de 88 años, del que si Deu vol algún día contaré la historia. Toda la historia.
Sufrí. Sin medida. Sin reparar en gastos. Sentí el desgarro del alma a cada momento. El vacío. El más inconcebiblemente vasto vacío, la absoluta nada, el silencio solitario y masturbador del anacoreta involuntario.
Estaba de mierda hasta el cuello.
La fase Bukowski no merece ser comentada. Él ya dijo sobre esto todo lo que hay que decir. Dante lo adornaba. Yo, como tantos otros, simplemente la atravesé. Aún hoy me asombra y me aterra la ilimitada capacidad autodestructiva del ser humano.
Caminé hacia el Sur, casi muero, pero de risa. Ole, ole y ole. En ese país descubrí que el verdadero problema de Iberia es ese centralismo cerril, nacionalcastellano, quijotesco. La gente de la periferia, cada uno con su milenaria cultura, diferente como los mares que las bañan, pero igualmente agua, ama la música, la buena comida y mejor bebida, el tiempo pasado con los que quieren, la risa, la broma. Llámese guasa, cachondeo, puteo, coña o chirigota. La simple y sincera celebración de la vida.
Y eso, señores, es una religión.
Allí comencé a resucitar, un jirón de luz me hirió en Granada. Desde las rojas torres de la Alhambra, contra un cielo de un azul escandaloso yen compañía de quienes, sin saberlo, han ayudado a salvar mi vida y–sobre todo- mi cordura, respiré de nuevo el aire con el alma.
Ese aire levemente frío, absolutamente puro, que recarga como un buen orgasmo y que tonifica espíritu y corazón.
Pero ella aún seguía allí. Muy dentro. Porque yo quería. ¿Por qué seguía queriendo?. ¿Por qué seguía muriendo?. Porque nadie puede competir con una imagen perfecta.
(*)De de dedo. De Descartes, de Dédalo; de definitivo y definitorio. De delfines y dedales de delirio que desfilan, de decena en decena, en débiles y desvencijados destructores que despacio, delimitan al deslizarse determinadas demarcaciones de desplazamiento.
Acto I
N
De desciende despacio del deportivo. Destaca demasiado, demostrando despreciar Delfos.
Despliega despiste y desorientación. Desvia y deriva: desiste.
De pronto, desde una descuidada dependencia, se descubre Déspota:
Déspota
-¡Detente delator!
N
Decía Déspota. De se detiene y determina despacio destellos dementes:
Déspota
- ¡Destrozas y devastas, destruyes y obstruyes, desmañas y desfalcas.
Detén tu despilfarro!
N
Denunciaba Déspota. De, despojado de decencia y despejado, desafiante; decía:
De
-¡Demuéstralo!. Es desmesurado: desvío y desmarco, derivo y despejo, despojo a mi antojo. Debato un rato, deseo un trato, destaco un dato con denuedo y de nuevo ataco. Despiste y derrapo. Denosto y asesto; deporte molesto.
N
Déspota, desquiciado, se desgañitaba:
Déspota
-¡Demente. De locos!. Destino y destierro, despierto y demudo, departo y me aparto. Descubro y demarco, desiertos desnudos, dehesas derretidas, desoladas... de despoblación, de deuda...
Acto II
N
Departamentos decorados de delicadas delias despojadas de pétalos y risas en densos desplazamientos dermatológicos de determinados descendientes de Devon, (el de Derry): desinformado de denuncias y desafios, descansando en Delaware; de donde decía degradarse del todo en desconocidos desvanes y destilerías desaprensivas, desaprovechadas en delitos de deshonesto destino.
Decía Devon:
Devon
- Derrapo, deslizo, desquicio y me envicio, detén mi estropicio. Descanso, desinflo, descuelgo o despido; despacio o decido...definitivo. Debo decir, debo destacar, debo denunciar a determinados demagogos que demuestran depender de demonios; de desconocidos demonios que despiertan desangran desecan desertizan deshielan devastan y desaparecen. Depuran, derogan, desprestigian o demoran. Deprimen y oprimen
Todo nuestro sistema solar estaba en aquel tiempo tan poblado de naves que pronto hubo dificultades para las flotas que seguían ingresando en constante goteo a la hora de maniobrar o de encontrar una órbita estacionaria adecuada. Flotas, en algunos casos, de más de un millón de unidades que se desplegaban en espectaculares formaciones de más de una UA de diámetro.
Naves grandes y pequeñas, veloces y lentas. Majestuosos y afilados Cruceros Quark del mundo de Zran en la constelación del Toro, junto a poderosas Lanzaderas Mamut que ancladas a la gravedad joviana, esperaban la llegada de las cinco flotas de YZ Ceti y Tau Ceti que habían saltado juntas desde su sistema muchos meses atrás.
En órbita de Plutón, las misteriosas naves de los Ledh procedentes del Sistema Gemelo Kruger 60. Habitantes y colonizadores de planetas muertos que explotaban como mundos-mina. Habían llegado sin ser esperados y simplemente salieron del cinturón de Kuiper en los límites del sistema y enviaron un cortés y escueto mensaje con una encriptación muy sofisticada, que la nave-anillo tardó más de 7 segundos en descifrar, poniendo su flota a disposición de lo que ellos llamaron “Mando Central Vida”. Aunque para muchos los Ledh solo eran parte del folklore de la galaxia, allí estaban con sus naves oscuras, opacas e informes que nadie conocía por dentro, excepto sus tripulantes, venidos de muy antiguo para defender la vida en aquella lucha demencial.
Los anillos de Saturno eran una de las zonas más densamente orbitadas. Allí confluían no menos de veinte flotas estelares. Las naves de descenso fluían sin cesar hacia y desde Titán, el puerto espacial más importante del satélite-mundo casi del tamaño de Marte.
La Confederación de los Tres Soles, del sistema triple Sirio, envió siete flotas, compuestas principalmente por miles de los letales Emerbaus; verdaderas estaciones de guerra que contaban con más de cinco mil tripulantes y portaban avanzadas armas vibratorias y de onda de fase. Junto a ellos, los imprevisibles cazas-delfín, biplazas ingrávidos con potentes armas térmicas. Varios millones de unidades revoloteaban entre los Emerbaus, con su pálido brillo resaltado de cuando en cuando por un destello de Saturno, que parecía encantado de acoger en su seno gravitatorio tan grande alianza de seres vivientes en contra de las más antiguas y oscuras potencias del universo.
Recién llegadas al sistema orbitaban Neptuno las poderosas flotas Norii. Tres de ellas permanecían suspendidas e inertes en orbita estacionaria a casi media UA del planeta, esperando la entrada de cuatro flotas más, mientras la flota principal había descendido a órbita de Tritón. Los Norii eran sin duda una de las mayores potencias militares del universo conocido. Pueblo guerrero y conquistador había extendido sus dominios por más de veinte sistemas, desarrollando para ello una avanzada tecnología que en su mayor parte aplicaban a la construcción de naves y armamento. Los Norii veían ahora, como los demás pueblos, sus mundos amenazados y a pesar de estar ya en guerra con la Materia Oscura y los Antiquásars en muchas de sus colonias, habían destacado ocho de sus mejores flotas, con una potencia destructora casi tan grande como el resto de fuerzas allí convocadas. Entre sus aportaciones estaban las sofisticadas naves anillo, que centralizaban y coordinaban todas las comunicaciones entre las distintas flotas, encriptando y traduciendo mensajes a más de tres mil lenguajes, humanos y artificiales, en tiempo real, proporcionando una inestimable cobertura logística. Aunque la joya de las flotas Norii eran los Destructores de Mundos, de los que se habían llegado a construir varios cientos en épocas pasadas.
Aún hoy, más de la mitad continuaban en servico integrando las fuerzas Norii y varias decenas de ellos navegaban ya en nuestro sistema, formando un tétrico anillo con su casco negro mate que parecía absorber toda la luz, dotándolos de una opacidad característica que disimulaba los dos grandes cañones de proa, capaces de destruir todo un mundo con ondas vibratorias que los Norii elevaban a altísimas frecuencias y que hacían estallar planetas de cualquier tamaño en cuestión de segundos.
Aunque normalmente se habían utilizado sólo como elemento disuasorio en las guerras coloniales, se tenían noticias del verdadero poder destructivo de aquellas máquinas, que habían arrasado un sistema minero rebelde en la estrella de Luyten, convirtiendo en polvo tres planetas - todos habitados - en un suspiro.
Mientras, más y más flotas seguían ingresando en el sistema.
El geólogo alemán Otto Liddenbrock que hace algunas semanas comenzara en Hamburgo su “Desafío Aquarius-Viaje al Centro de la Tierra”, ha sido hallado muerto esta mañana ahorcado con su propio cinturón en una estalagmita, según informó el portavoz de sus productores, abogados, representantes, asesores de imagen y familia.
Hombre iracundo y visceral, lideraba esta singular expedición financiada a partes iguales por National Geographic, la Smithsonian Society y MTV, que pretendía llegar al centro físico de nuestro planeta siguiendo las crípticas instrucciones de un oscuro sabio islandés del siglo XII.
Para ello, la productora no escatimó en gastos. Más de veinte cámaras acompañaban al trío formado por el profesor Liddenbrock, su sobrino Axel y el guía Hans. Dos meses antes de su partida de Hamburgo, tres helicópteros aterrizaban en el cráter del volcán Sneffels con todo el equipo de filmación, además de los decoradores, iluminadores, directores de fotografía y un casi ilimitado presupuesto.
El profesor calzaba botas de Gore-Tex, vestía guantes de Thinsulate, reloj Omega y bebía Aquarius, sólo Aquarius. Su cámara era Sony y sus prismáticos (que nunca usó) también. Su comida, sus gafas, sus bolígrafos y su papel higiénico, estaban patrocinados por importantes marcas, de las que un avergonzado profesor lucía logos en toda la extensión de su ropa, como un vulgar piloto de F1.
Las sesiones de maquillaje cada mañana antes de emprender la marcha bajo los ardientes focos y las steady cam, las doce entrevistas diarias para otros tantos patrocinadores, las mismas preguntas. ¿Cuándo llegarán?, ¿será antes o después de los playoffs?, ¿a media tarde, o de madrugada?. Las infinitas repeticiones de las escenas. ¡Una más!.
Hans, el hombre más tranquilo del mundo, vivía al borde del colapso. Axel -bendito gilipollas- sonreía a todo el mundo y decía que sí. El fallecido profesor Otto Liddenbrock logró soportarlo apenas unos días.
La expedición fue suspendida de inmediato y hasta el día de hoy -que se sepa- nadie más lo ha intentado.
Nadie que el nauta conociera o que su abuelo o incluso su tatarabuelo hubieran conocido, había visto nunca antes un Zhan har Alai, aunque las numerosas leyendas orales ycanciones-oración que su pueblo poseía y transmitía hablaban de su existencia y de cómo fuera del tiempo surcaban universos y dimensiones portando vymesaras, Mensajes de Vida.
Las diversas historias y canciones-oración, intentaban plasmar con todo tipo de adjetivos su indescriptible brillo y velocidad. Su magnificencia, decían los versos, es como mil millones de Soles, como si El Aliento del Cosmos lo sustentara en su misma frecuencia, portándolo de un universo a otro en un latido.
El nauta hubo de parpadear con fuerza varias veces a pesar de la distancia. Todo el lado de estribor de la nave resplandecía con una luz cegadora, surgida de pronto de la remota oscuridad del universo, que crecía a una velocidad imposible en tamaño e intensidad, explotando en millones de destellos mientras recorría el horizonte de estribor, desplegándose como un abanico de energía blanca.
La estela se expandió hastaproducir un amanecer cegador en todo el cuadrante. Ninguna estrella fue visible en ese lado y el nauta hubo de taparse los ojos, acostumbrados a escrutar los púlsares más brillantes y las novas cegadoras, incapaz de resistir la energía que parecía tragarse la fría oscuridad. Una potente voz, tronó a sus espaldas.
-¡Esa es nuestra estrella navegante, esa es!.
El Anciano Capitán había aparecido en el puente en apenas un instante y visiblemente satisfecho, tras dirigirse al nauta, se giró para hablar a todos los tripulantes, ya totalmente despiertos, maravillados y sobrecogidos hasta el último hombrepor aquella radiante aparición.
- ¡¡ Navegantes, hemos llegado a nuestro destino!!. – El naciente murmullo colectivo duró apenas un instante y fue acallado con un solo gesto del Capitán. -¡La visión de Los Ancianos ha sido lejana y certera!.– Continuó. Y cerrando los ojos, alzó lentamente las manos con las palmas hacía arriba y entonó por cinco veces el verso que los Ancianos le habían transmitido al partir, como única guía para llegar a su destino.
- Selen Trie se Zhan har Alai *
Cuando hubo terminado, abrió de nuevo sus ojos, de un nítido color naranja y añadió
- Este es entonces el planeta. Navegantes, hemos llegado al final de nuestra travesía.
El nauta estaba paralizado aún. No comprendía de donde había podido surgir lo que sin duda era uno de los legendarios Zhan har Alai, y conmovido por las palabras del Anciano Capitán, sin saber que otra cosa podía hacer, comenzó a cantar con voz suave las canciones oración que su abuela le había enseñado en su lejana infancia en el mundo verde de Astuyon.
Zhan har Alai , Zhan har Alai
Nust a permi
Se ku tai
Du net splendor
Lai seph du
Um ta cratia
Nem har Lai **
El Anciano Capitán sonreía en silencio, la mirada fija en aquel inmenso amanecer, que parecía iba a durar eternamente. Mas en cuanto el nauta terminó su canción, la luz comenzó a fluir con enorme velocidad hacia un punto lejano. Como por un embudo, el brillo y la energía confluyeron en aquel vórtice de fuga, y un instante después, había desaparecido de su vista.
Con su puntero de luzdiamantedorada, correspondiente a su rango y autoridad, el Anciano Capitán actuó sobre la piedra timón y virando a la vez que deceleraba, la nave tomó un nuevo rumbo que significaba para todos el final de un dilatado e incierto camino.
- Perfecto. Mantenga curso y velocidad de descenso, navegante.
Diciendo estas palabras, el Anciano Capitán abandonó el puente caminando con las manos enlazadas a la espalda, erguido y sonriente, sin que el nauta, ni ningún otro hombre de la tripulación, hubieran podido aún reaccionar.
*Tres Lunas y un Mensajero del Diosluz o la LuzDios.
** Mensajero de la Luz, Mensajero de la Luz,/ naces de pronto (y) /muy lejos vas. / La luz que tu irradias, / Blanca y divina luz / Que nos conceda su gracia / Que nos haga Luz.
Lord Dunsany desayunaba entre canturreos en el lujoso salón acristalado de su mejor castillo, la imponente mole pétrea del Estrato Social.
El anciano noble estaba especialmente feliz aquella mañana.
El origen de tanta dicha eran sus últimas y recientes adquisiciones: el Torreón del Cúmulo de Felicidad y el Palacio de la Justa Verdad, que completaban la nómina de sus excéntricas posesiones y que habían convertido a Lord Dunsany en el mayor propietario de castillos en el aire de todo el mundo.
El incorregible Lord lo celebraba desayunando buñuelos de viento.
El nauta observaba atento las estrellas desde su puesto en el timón. Su curtida mano reposaba con firme suavidad en la pálida esfera de cristal que palpitaba levemente. Ahora, gira su mano de manera casi imperceptible, mientras mira fijamente a un punto del firmamento. Al instante, la inmensa nave modifica su deriva y declinación hacia el nuevo curso con total suavidad, sin despertar a ninguno de los tripulantes, que a excepción del nauta, dormían.
La nave surcaba un espacio diáfano poblado de millones de puntos de luz. Los experimentados ojos del nauta, de un intenso color violeta, escrutaban lentamente, con placer y reverencia, el manto nocturno. El nauta sabía exactamente dónde estaba, hacia dónde iba y a qué velocidad; el cielo se lo decía.
Mientras atravesaban los remotos mares gaseosos de la estratosfera del planeta Rurë, recordaba cuanto tiempo atrás habían partido. El menguado brillo de Tau Ceti, apenas visible en el horizonte de la eclíptica, era un claro indicativo de la elevada duración de su travesía y le helaba el corazón, aunque sus brillantes ojos, buscaran incansables la estrella que les llevaría, por fin, a su destino.
Pero, ¿dónde estaba esa estrella?. El nauta no lo sabía. Tampoco había conocido a ningún otro nauta que la conociera o supiera ubicarla, sin embargo, Los Ancianos estaban totalmente seguros, y por el bien de su pueblo, debían encontrarla.
El mensaje del capitán en la breve y triste ceremonia de partida fue claro y conciso. El¡Victoria o Sueño Eterno! era el destino habitual e ineludible en aquel tiempo y ninguno de los integrantes de la expedición hubiera esperado o deseado otra cosa. Ni siquiera sabían hacía donde iban. Tan solo, que buscaban una estrella, pero nadie había cantado su nombre - los nombres de las estrellas siempre se cantaban- ni indicado su ubicación en las amplias regiones del Cielo Conocido. El nauta, como los demás miembros de la tripulación, no había preguntado.
Ahora contemplaba el Cuadrante Tres, donde un solitario cometa había surgido de la constelación del Toro y surcaba el cielo dejando una estela rojiza que se volvía anaranjada al mezclarse con el cielo azabache. La piedra-timón, dócil al tacto, oscilaba apenas en la tranquilidad de las corrientes del enésimo planeta gaseoso que orbitaban para impulsarse con su gravedad y sus vientos estelares: Rurë.
Al Oeste, unos veinte grados por debajo del horizonte de la eclíptica, el nauta pudo contemplar un singular y grandioso espectáculo. Las Tres Lunas de Rurë brillaban en conjunción menor. Arus, la Gran Luna, lucía nacarada, en un disco perfecto de inmaculada y tenue luz. Derón, la Luna Consorte, era una esfera dorada de aproximadamente dos tercios del tamaño de Arus. Y por último, Senshaü, la Luna Menor, era azul, intensamente azul. A pesar de que su tamaño era apenas una décima parte del de Arus, Senshaü, “Jardín de los Anhelos” en lengua Rurë, brillaba con cien veces más fuerza que sus hermanas.
Entonces, uno de los hombres que hasta ese momento dormían en la cubierta posterior de la nave comenzó a gritar con enorme urgencia y desesperación. Sus gritos le llegaron al nauta como un trueno en la noche silenciosa.
-¡Zhan har Alai!, ¡Zhan har Alai!
Giró la cabeza y alzó la mirada con urgencia. Observó la dirección del puntero de luzdiamante que el hombre apuntaba hacia el espacio y lo siguió con la mirada. Lo que vio le dejó paralizado.
Encima de un enorme iceberg a la deriva por el Atlántico Norte, un señor de Cuenca funcionario de correos y un pingüino, discutían por el precio de un sello. El debate era agrio, visceral, a cara de perro. Y quizás hubiera durado días, meses, años.
Pero el iceberg no.
(Publicado en Mundo Du con el seudónimo Eloy Mon).
Aquella mañana Napoleón estaba realmente nervioso. Incluso podría decirse que el emperador tenía miedo, una sensación que el Ogro de Ajaccio había conocido una sola vez en su vida, aquella noche de 1798 en El Cairo cuando intentó dormir dentro de la pirámide de Keops.
Despeinado y ojeroso, miraba con aprensión el monitor de su Mac. Tenía un email con un archivo adjunto en la bandeja de entrada y sospechaba que los perros ingleses le habían enviado un virus.
Así que el legendario corso - que por supuesto renegaba del McAfee - hizo lo que siempre hacía.
Miró hacia otro lado, metió la mano en los pliegues de su chaqueta, y con torpes dedos buscó "La Marsellesa" en su reproductor Mp3.
Rebuscando en el desván de casa entre las Maletas Herméticas que acompañaron a mi abuelo en todos sus largos viajes, he encontrado la transcripción del neurocorreo que recibió desde Marte cuando - lo deduzco por la fecha- contaba diecisiete años.
La comunicación le fue remitida por Otto Van Hansenn, un amigo de la infancia con el que mi abuelo entabló una sólida amistad que se prolongó durante toda su vida. Según nos contó él mismo en más de una ocasión, se conocieron en el Círculo Juvenil de Astronomía, al que mi abuelo comenzó a acudir con apenas 11 ó 12 años. Y aunque casi todos, incluido Van Hansenn, eran mucho mayores que él, su común interés por el espacio en general y por el planeta rojo en particular, configuró un potente y duradero vínculo entre ellos. Al parecer, este Van Hansenn terminó siendo un arquitecto bastante conocido y después de perder en un accidente a su esposa e hija, decidió aceptar un trabajo en Marte.
Cuando llegó allí, envió un neurocorreo con sus pensamientos a sus pocos amigos . Este neurocorreo es, según un amplio consenso familiar, el responsable de que mi abuelo decidiera abandonar su casa en pos de sus sueños espaciales.
Aclarados el origen y contexto de este impagable documento, lo reproduzco a continuación:
“El transbordador "Mars QE2" amartiza con extrema suavidad. La gravedad marciana parece mecerlo. Imagino puentes colgantes de colosales dimensiones....aquel hombre...Calatrava...y luego su escuela. Pero no he venido hasta aquí para hacer un puente. Antes de bajar, me enfundo en el aparatoso traje térmico y me incrusto las imprescindibles botas lastradas con suela de plomo. La temperatura exterior es de -55º C, según me informa la pantalla de mi incómodo alojamiento. Tras moverme un poco por el estrecho pasillo de la nave y acostumbrar mi respiración al filtro Korg, desciendo por la rampa guiado por una amable asistente de vuelo. Doy apenas unos pasos y me detengo asombrado en mitad de la pista.
El cielo se ofrece a mis ojos como nunca antes lo había hecho. Su luminosidad y pureza, son algo para lo que mis sentidos no están preparados. Las estrellas lucen con enorme fuerza en destellos de vida y eternidad que me sobrecogen. Recuerdo mi visita al Himalaya, como una ínfima aproximación a esta belleza. Entonces pensé que no existía un cielo más puro que el que se extendía por encima del Karakorum. Estaba equivocado.
Intento identificar algunas estrellas y constelaciones, mientras la luz del incipiente amanecer, va ocultando poco a poco los diseños celestiales que siempre me ha gustado admirar. Me llama poderosamente la atención su ligera desviación con respecto a sus posiciones desde la tierra. Me desconcierta en un primer momento, pero mis ojos acostumbrados en un pasado a prolongadas observaciones, captan la distorsión que en realidad no es tan importante. Una luz anaranjada de considerable magnitud sobresale sin embargo, negándose a ser devorada por el amanecer. No consigo adjudicarle ningún nombre ni incluirla en ninguna constelación hasta que de improvisto caigo en la cuenta con una sonrisa. Es Júpiter.
Mis ojos se dirigen ahora al frente. El edificio central del Complejo Airy-0, primer asentamiento permanente del hombre en otro planeta, reluce con reflejos burdeos arrancados por el sol rojo en levante. Había leído y visto sobre la imponente estructura de placas de aleación acero-silicio y cristal líquido, - diseñada a semejanza del legendario Guggenheim de Bilbao - pero aquí, en medio del cráter Airy-0 en el que se ubica todo el Complejo, es una visión indescriptible que me hace darme cuenta de que no estoy en mi mundo. La luz es completamente distinta aquí. Nada brilla así en la Tierra.
Veo un hombre que me hace señas indicándome un vehículo. Decido avanzar. Algunos pasajeros del transbordador se acomodan en un bus-oruga con el logotipo del hotel Hilton en un lateral. Les imito. El resto, en su mayoría técnicos, abordan diferentes transportes que les conducirán a su lugar de trabajo. Me fijo en un nutrido grupo que desaparece en el interior de un enorme oruga rotulado FARMA; supongo que son el turno de relevo de alguna de las varias explotaciones mineras que florecen en Marte. Mi transporte arranca con un ruido de dinamo, y observo al conductor. Parece un tipo normal, uno de los centenares de “transplantados”; parejas llevadas a Marte con ofertas de trabajo y alojamiento.
El vehículo oruga es lento. La pista de tierra lleva de la zona de aterrizaje hasta los distintos edificios del complejo. Veo entonces los inmensos invernaderos que jalonan la pista y llenan casi todo el cráter. No recordaba que ya se cultivan patatas en Marte; y dicen que muy sabrosas. Más allá, el complejo se despliega ante mis ojos. Además del edificio principal, puedo ver ahora gran cantidad de hangares y diversas construcciones que no alcanzo a identificar. Realmente, el cráter Airy-0, de unos quinientos metros de diámetro, se estaba quedando pequeño ante el crecimiento de la colonia y había ya un par de edificios y varios invernaderos construidos en las faldas exteriores del viejo cráter, descubierto más de doscientos años atrás.
Airy-0. El resto de mi vida, sobre todo los últimos años de oscuridad desde que mis dos luces se extinguieron, parecen ahora una pesadilla que se diluye en los jirones espacio-temporales y gravitatorios de los Vórtices de Lagrange. Sin saber aún cómo, ni realmente porqué, una nueva ilusión, una nueva vida amanece para mí a la vez que lo hace este sol marciano tan distinto, tan otro, a pesar de ser el mismo que he contemplado toda mi vida desde la Tierra.
Airy-0. El amanecer marciano es un espectáculo irreal. Al acercarme al edificio central, su silueta orgánica resplandece en salientes y esquinas hurtadas a la sombra. Fugaces reflejos en la bruñida superficie de color indefinido me hacen sonreír de nuevo. Luz y forma. Máxima cósmica. Parpadeo. Estoy en Marte.”
28 días después de recibir este neurocorreo, mi abuelo abandonó su casa y no regresó a ella hasta ver cumplido su deseo de conocer mundo, de conocer mundos.
Esto finalmente sucedió al cabo de bastantes años, dos guerras y varios millones de kilómetros.
Y llegó un buen día en el que un hombre llamado Bosque decidió levantarse contra la tiranía de los mass media y con un bate de béisbol y mucha fe, comenzó a reventar alegremente televisores por el mundo. Y poco a poco, en una paciente y esmerada labor, logró destrozar en los casi treinta años que dedico a tal menester, cuarenta y tres mil millones ochocientos setenta y cinco mil novecientos seis televisores, liberando de la tiranía al triple o el cuádruple de personas...si las hubiere. Todo ello con el mismo bate y con la misma fe.
Y en todos esos años, nunca nadie le escuchó decir ni una sola vez:
Leo fascinado la sublime novela corta ”6E” del autor apátrida Li Mitao que a continuación transcribo, fervorosa y literalmente, en toda su evocadora rotundidad:
-Déjeme.
-Le dejé.
II.
Leo con repugnancia, la mal llamada novela corta “3A”, de Li Mitao, que es descrito en la solapa de su opúsculo - autodescrito en realidad - como “místico apátrida” y “linterna del zen” (sic).
Harry Stackenn, sin embargo, en su afilada columna “You read shit”del N.Y. Times, apunta con total acierto “...su más que evidente paralisis semántica y mental” y una “ofuscada pereza retorcida en la absurda nada”, siendo aún más preclaro Joel H. Wad, en Books&Looks: “...alguien debería internar de una vez por todas a ese jodido chiflado” o,“...es asqueroso”.
La reproduzo íntegra a continuación, por orden expresa de mi editor:
"Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, las cuales iban a Sevilla con unos harrieros que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada (...) que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando (...) y así, se dio luego orden como velase las armas en un corral grande que a un lado de la venta estaba; y recogiéndolas don Quijote todas, las puso sobre una pila que junto a un pozo estaba y, embarazando su adarga, asió de su lanza, y con gentil continente se comenzó a pasear delante de la pila; y cuando comenzó el paseo comenzaba a cerrar la noche."
El Quijote, cáps. II, III
Intrigadas y asaz divertidas por la singular palabrería y no menos singular y estrafalaria estampa del hidalgo, las dos mozas decidieron de común esperar a que los harrieros con los que hacia Sevilla caminaban se durmieran y visitar entonces a nuestro Don Quijote en el retirado y maltrecho corral, donde éste paseábase arriba y abajo en su velada de armas, poseído por las fiebres de la caballería como estaba.
Así, un trecho después, acercaronsele embozadas en sus sayos de velarte, protegidas por las sombras de la noche castellana, atravesaron el patio de la venta y ocultándose con presteza tras un murete pintiparado que hallaron a pocos metros del pozo, espiaronle un buen rato para su divertimento. Las andaluzas, riendo quedamente, retiraron luego sus tocas y sayos y a la que la una se remangaba el faldamento dejando a descubierto buena parte de sus lechosas y rollizas piernas, la otra izaba su generoso busto y con pericia lo acomodaba en el rebosante escote, mientras el aspirante a caballero paseaba ajeno a estos aviesos preparativos.
Las mozas miraronse la estampa y la una y la otra encontraronse en verdad más doncellas que no mozas, que aquel trato de damas por parte del buen hidalgo era lo que les había prendido, pues nadie les había dicho antes así, y aquietando la risa que las desbordaba, pusieronse serias y abordáronlo con voz cantarina.
- Buenas noches tenga vuesa merced.
Don Quijote, sorprendido por esta repentina intrusión en su noche de vela, giró en la dirección de la voz que oyera, pero hízolo tan prestamente que tropezando lanza, adarga y piernas, cayó cuan largo era en el piso maloliente del corral, con tal estrépito de fierros que las mozas hicieronse iba a despertar a toda Castilla. Dando unos pasos atrás, ocultáronse las dos de seguido y desde el murete inquirieronle a media voz.
- ¿ Está entero vuesa merced?.
Levantose con trabajo don Quijote, ayudándose de su lanza a modo de bastón, y tambaleante, acercose al murete, pareciéndole familiares aquellas voces, que pensó no parecían de hechiceros ni de brujas. Llegado al murete, las mozas, agarraronlo y en un santiamén, cubrieronlo de besos y caricias antes de que dijera nada. Nuestro hidalgo, viéndose así abordado y más aún desbordado, gruñó con desgana y torció el gesto en un intento de rechazar las atenciones de las mozas, pero ya la del faldamento arremangado hincose de hinojos ante él, tratando de hallar sin duda, el resto de armamento del hidalgo, cosa que logró a poco de palpar.
Don Quijote, entretanto, resoplaba y bufaba como corcel encabritado, a la que enterraba su seca faz en los pechos de la otra andaluza. La primera, hallando que nuestro hombre no portaba escarcela ni quijotes, trobó fácil camino para acceder a su objetivo, lo que produjo un enorme respingo del hidalgo, que por ventura no recordaba que nunca, moza ni señora, le hubieran desenvainado de propia mano aquella arma, que casi no recordaba que poseía, y que por momentos, se estaba dando cuenta, era la más formidable de cuantas portaba.
Los largos dedos de don Quijote, instruidos por quien sabe que instintos, comenzaron a hurgar los faldamentos de la moza que le ofrecía en sus resecos labios aquellos pechos como cántaros, en los que el hidalgo ya lamía con frenesí los rotundos pezones de morena y amplía aureola, saltando de uno a otro para gran goce y aspaviento de la moza. La segunda, entregada a su particular lucha, sentía en su boca el palpitar del hidalgo y obsequiábale con profundas atenciones, que hacían a este retorcerse de puro éxtasis y desaforado sumergirse con denuedo en las dispuestas carnes que inopinadamente se le ofrecían en aquella gloriosa velada.
A poco, habiendo hallado las humedades de la primera moza bajo faldamentos y refajos, Don Quijote obedeció las instrucciones que la andaluza dábale entre suspiros, hipidos y grititos, e hízolo lo mejor que supo o pudo; que a la moza pareciole bien, a tenor del aumento de sus exclamaciones y frotamientos.
Don Quijote sudaba con profusión y la cabeza dábale vueltas entre tantas sensaciones amanecidas que nunca había oído mentar en los libros que leyera, donde el amor y las mujeres eran puros, lejanos e inalcanzables y solo cumplían la noble función de servir de estandarte o impulso platónico al caballero.
A estos y otros pensamientos, interrumpió lo que Don Quijote sintió entonces llegabale de lo más hondo de sus entrañas. La primera moza, la de abajo, aplicada y a todas luces no demasiado novata en tales menesteres amatorios, había conseguido hacer rugir a nuestro hidalgo, que comenzó muy luego a sentir un temblor en las rodillas, el corazón desbocado golpeábale el flaco pecho, mientras mantenía con la primera moza un constante frotar y restregar, un succionar y salivar de pura ansiedad frenética y famélica. Así los tres, aplicados en los mentados empeños llegoles, al hidalgo y a la moza, lo que por partida doble buscaban.
La andaluza sucumbió finalmente a las inexpertas frotaciones de Don Quijote y mordiendo el borde del sayo, explotó entre sus dedos, entre sus torpes besos y más torpes lengüetazos. Éste, al tiempo, sintió que el alma escapábasele del cuerpo, mas la primera moza no cejo por ello en su labor hasta que el buen hidalgo comenzó a temblar de pies a cabeza, que bien pareciera a cualquiera que verle hubiera podido que tenía el baile de San Vito. La solícita moza, sintiéndose lujuriosa doncella, apuró el néctar y Don Quijote emitió un prolongado suspiro final y en el acto desplomose como un pelele en brazos de las dos mujeres que apenas podían ya ahogar sus risas.
Con presteza apoyaron el inerme cuerpo contra el murete y arreglándose como buenamente pudieron faldamentos y refajos, tocas y sayos, tornáronse a hurtadillas a sus aposentos, dejando a nuestro hidalgo saciado y desmayado, sin que un solo cristiano en la venta se hubiere percatado del singular encuentro.
Uno de mis más queridos recuerdos, grabado en borrosas y sin embargo nítidas imágenes, es la visión de mi abuelo en una de esas imprescindibles reuniones familiares, sentado en el mejor sitio y narrando con voz de roble sus historias de guerra, mientras todos los presentes guardábamos un silencio absoluto y al terminar, invariablemente lo acosábamos a preguntas por todos los flancos. Y es que mi abuelo sabía mucho de guerras. Había estado en dos y ahora estaba aquí. Algo sabía.
La primera le pilló, como a tantos otros, muy joven. Había dejado atrás la casa paterna para buscar su porvenir en el borroso horizonte y tras diversos y no muy honrosos lances que la historia familiar pasa por alto, o directamente obvia, terminó enrolado como mozo en las bodegas del “Glorioso Mao”, uno de los primeros transbordadores lunares chinos que viajaron a nuestro satélite de manera regular.
Y así, algunos años después acabó participando, casi sin querer, en lo que los cosmohistoriadores han descrito como “el mayor, más prolongado y más mortífero enfrentamiento entre tropas blindadas de la historia humana”, es decir: La Primera Guerra Lunar.
Mi abuelo lo recordaba todo. Su alineamiento forzoso con los chinos - como miembro de la tripulación de una nave china era, a todos los efectos, infantería china - que le entregaron un disfraz y le asignaron un superior que a su vez obedecía órdenes de otro superior y así hasta el culo del emperador sentado en el puto ombligo del mundo en su palacio de Beijing. Su fugaz adiestramiento como artillero de torre en un pobre simulador del siglo 22. Su bautismo de fuego a bordo de un vetusto Shih Ho - según los expertos, el peor vehículo blindado lunar jamás construido - en las faldas del cráter Gauss, cuando sus crestas se llenaron de KI, los letales tanques japoneses y en el silencio lunar, mi abuelo recordó aquellas prehistóricas películas del Oeste, cuando los indios esperaban, esperaban y seguían esperando, hasta descender en tromba para aniquilarlos a todos. Para aniquilarlo todo.
Allí perdió un brazo, muchos amigos y se enteró por ultralínea del nacimiento de mi padre.
De su segunda guerra también lo recordaba todo. Según la historia, fue consecuencia de la anterior, aunque él decía que sólo fue continuación de una única y eterna guerra que define a la especie. Hijos, nietos, primos, cuñados y hasta vecinos, escuchábamos y casi podíamos ver las escenas que describía. El repliegue táctico chinoindio hacia Marte, la obligada reconstrucción yankijaponesa tras algunas pírricas victorias en la Luna, las nuevas y poderosas alianzas de ambos: los panamericanos, los eurorusos, los africanos.
Nos contaba mi abuelo, mientras sus ojos refulgían bajo la bioluz del hogar, las penosas jornadas marcianas a bordo de su tanque. El violento y continuo repiqueteo de la arena roja contra el neoglas de la torreta, los devastadores bosques de hongos explotando en plena noche, vaporizando divisiones enteras bajo la tormenta de arena sangrante que distorsionaba los ecos de las explosiones hasta enloquecer a los hombres. Los soldados eyectados al negro espacio que venciendo sin dificultad la débil gravedad marciana ascendían para siempre entre alaridos dejando tras de sí restos y partes de su cuerpo. Hombres malheridos que la tormenta volteaba y despedazaba como los tiburones la carnaza mientras se congelaban al instante a sesenta bajo cero, para que un remolino de arena devorara un segundo después todo resto de tanques y ocupantes.
Así, hasta casi cien millones.
- Murieron muchos - nos decía - demasiados. Demasiados que nunca debieron morir. De los dos lados.
Y entonces se callaba y ya no quería contar más y yo, fascinado, podía ver como sus ojos quedaban fijos en el bulbo de bioluz brillando como quásars gemelos.
El ángel vuela atravesando el silencio frío y oscuro de los abismos intergalácticos. Sus alas de luz se extienden tras él como colas de cometa. Baten lentas y majestuosas y al hacerlo, pliegan y despliegan el cronotopo, conduciendo así a su destino al fabuloso ser y al trascendente mensaje que naturalmente porta.
De todo él emana una cálida luminiscencia que a cierta distancia le asemeja a una minúscula mariposa de luz brillando contra el negro fondo sin fondo.
Su vuelo discurre por universos y dimensiones extraños y desconocidos, incluso para un ser eterno como él. A su paso, el tiempo y el espacio convergen y divergen rítmicamente, un eco de su propio latido interior.
Ahora, el mensajero se detiene y queda completamente inmóvil, colgado de la aparente nada, en realidad una compleja trama de invisibles campos electromagnéticos, gravitatorios y un sinfín de focos, corrientes y sumideros de energía, imperceptibles para el ojo mortal, pero diáfanas guías en el camino del ángel.
Sonríe.
Está sintiendo una bella música, una melodía única y distintiva que le indica que acaba de encontrar la galaxia que buscaba. De su garganta surge entonces una poderosa vibración sostenida, que se modula buscando la frecuencia adecuada y como un tentáculo inteligente, se dirige en espirales a través de las ondulantes cortinas energéticas hacia el punto de origen de aquella sinfonía.
A pesar del vacío, el ángel percibe la perfecta armonía de la emisión galáctica y sintoniza su propia voz, su tono, que se afina y empastándose en un suave arpegio, se integra en el conjunto.
Ahora puede entrar.
Entonces, elevando aún más la potencia de su voz, el mensajero comienza a reducir su tamaño, transmutando su masa en energía hasta transformarse en un cegador punto luminoso, y manteniendo el tono, se desliza en su propia onda portadora hacia el centro del racimo estelar.
En pocos instantes una nueva estrella, una enana blanca, irradia su combustible nuclear en perfecta pulsión y sintonía con el resto de estrellas de su cúmulo.
La etapa inicial de su travesía ha terminado con éxito. El ángel sabe que ahora debe localizar y sintonizar una estrella concreta entre doscientos mil millones y después un pequeño planeta rocoso en su órbita, para finalmente hallar en él al receptor del mensaje.
Lejos, detrás de la bruma de un eterno amanecer que no amanece, espía tras las cortinas de su inquietud sin vislumbrar una luz, un futuro, que cada día idéntico hace igual de confuso y errático en excursiones de humos mentales que nunca llegan a buen puerto.
Soldado de derruidos estandartes vaga desterrado sin futuro decidido, sin corazón. Empeñado en empresa de gloria o muerte, felicidad o muerte.
Al final eterna quietud en la desolación de la mente, mientras la sombra descansa ya tras de sí, bien pegada a los talones. Amigos para siempre. Así que ahora…
Sed de pilares que alzados contra el cielo desafían y sostienen, sed de calor una vez perdido, ansia de amor sin condiciones, arquetípico.
Transita mundos sin importarle sus normas, leyes o frecuencias, las domina y vaporiza, las retuerce y acomoda a su propia canción, las lleva a su mundo.
Cabalga las olas oníricas con osadía mitológica, transporta leyendas en el brillo de sus ojos, en sus cabellos, en cada movimiento representa una tragedía, da vida a un mito, recrea un épico hecho, sin intención, con displicencia.
Añora el infinito eterno y lo llora mientras lo busca en cada aliento, mientras lo imagina en cada sueño, en cada paso, en cada amor.
El adulto caminaba pensativo por el sendero que bordeaba el riachuelo.
El sapo contemplaba casi todas las noches los paseos del adulto y pensaba a su vez que nunca se manifestaría ante él, aunque al mismo tiempo su conciencia de sapo clamaba a favor de un decisivo acercamiento.
El riachuelo fluía.
El adulto se detuvo entonces y por primera vez en muchas noches miró hacia abajo y se encontró con el sapo. Éste, decidido a dar el paso definitivo, tosió ligeramente para aclararse la garganta y habló.
- Buenas noches - dijo - Buenas noches - respondió el adulto. - Hace un poco de frío esta noche - continuó el sapo - Si, es cierto, hay un viento que... - Escuche - el sapo estaba decidido - quiero pedirle ayuda - ¿ Ayuda?, ¿a mí?, ¿cómo podría yo ayudarle? - nunca antes un adulto había ayudado a un sapo, esto ha de quedar claro, por eso los esquemas mentales de este espécimen no estaban en absoluto preparados para tal eventualidad y si bien pudiera aceptar que el sapo hablara, quizá por una disfuncional inapetencia idiomática, es evidente que la propuesta sapil le supera por completo. - Usted puede salvar mi mundo - sentenció el sapo con tono bíblico. - Explíquese, sapo. - el adulto comenzaba a prestar oídos. - Los sapos estamos en grave peligro, en peligro mortal, un poco letal y bastante total, muy mal. - Fatal - el adulto había comprendido. El sapo prosiguió. - La Federación Sapo ha decidido evacuar su planeta. Nos vamos. - Se van - el adulto estaba otra vez a punto de colapsar sus funciones, pero siguió a la escucha. - Nos vamos en breve, pero antes debemos encontrar a alguien que custodie el Legado Sapo. - ¿El Legado Sapo?. - Sí. El compendio de miles, millones de años de saber y erudición del pueblo sapo. Conservado como reliquia y visitado por sapos de toda la galaxia. - Ya... - el adulto no estaba dispuesto a dar crédito a una palabra más de aquel sapo falaz y tendencioso. ¿El Legado Sapo?, ¿sapos de toda la galaxia?. Inaudito.
El sapo, envalentonado por la inicialmente buena acogida, continuaba su exposición.
-...y dejaremos atrás para siempre este planeta. - Escuche animal, bestezuela, anfibio - el adulto perdía la paciencia, nervios, papeles, estribos, modales, modos - no me creo ni media palabra de lo que dice. ¿El Legado Sapo?. Vamos!, ¿por quién me toma, le parezco acaso un incauto?. - Esta misma noche le será entregado el Legado Sapo que deberá custodiar usted y luego sus descendientes para siempre. - ¿Para siempre?. - Claro. - ¿Y si me niego?. - No puede negarse. - ¿Cómo que no puedo negarme?, claro que puedo. - Puede, pero no lo hará. - ¿Cómo esta tan seguro, sapo?. - Porque la custodia del Legado Sapo conlleva también una recompensa. - ¿Recompensa sapo, quizá?. - Llámelo como quiera, estúpido adulto, pero quizá sea su última oportunidad de adquirir una responsabilidad con el pueblo sapo, como podría haber sido con el hopi. - Además de un animal feo, es usted penoso cuando intenta ser gracioso, quizá no haya muchos humoristas en el pueblo sapo. - Está siendo usted realmente irónico y tanto más patético si me lo permite. Estoy empezando a pensar que el Gran Sapo puede haberse equivocado al elegir al Custodio del Legado. - ¿El Gran Sapo?, ¿el Custodio del Legado?, señor mío seamos serios. ¿Me entregarán también el Cetro Sapo?. ¡Pero esto que es!. - Puede usted reírse y burlarse cuanto quiera. Esta noche le visitará El Comité Sapo y le expondrá sus nuevas obligaciones. Buenas noches- y diciendo esto el sapo saltó hacia la charca y en tres o cuatro saltos se perdió entre los juncos.
El adulto convencido de que nadie se presentaría en su casa esa noche volvió a ella, sin ser en absoluto consciente de la trascendencia de aquella conversación para el futuro de toda una civilización sapo extendida por los confines de la galaxia.
El sapo, completada su misión, fue libre de perseguir moscas en una de las últimas noches antes de la Diáspora de su pueblo.
El riachuelo fluía.
Aquella noche, el adulto cenaba frugalmente en su casa. La chimenea chisporroteaba, como todas las chimeneas, y con eso ya tenemos la ambientación. De pronto, la puerta se abre y entra un sapo gigante, grande como un caballo, vestido con esmoquin, que saluda a la vez que con gracioso movimiento cuelga su sombrero en una percha. El adulto mira incrédulo su cena pensando que quizá contenga estupefacientes, pero no es así. Es como dice el sapo.
El adulto mira entonces a la chimenea que sigue, y seguirá, chisporroteando, luego, tras respirar profundamente mira al sapo y decide dialogar.
- Y bien.... - Soy el Gran Sapo - Jamás lo hubiera imaginado. ¿debo llamarle Su Señoría, o...? - No se burle...o... - ¿O qué, rey sapo? - O le escupiré - Esta bien, esta bien, tranquilícese. Supongo que viene usted por lo del legado. - Efectivamente. Aquí lo traigo. - ¿Dónde? No trae usted ningún bulto. - En mi estómago estúpido, en mí mismo. - diciendo esto el sapo se acercó a la mesa donde el adulto cenaba y haciendo unos ruidos y contorsiones repugnantes dejó al fin un gran bulto informe sobre la mesa, y sin más, recogió su sombrero de la percha y en un solo movimiento desapareció por la puerta.
En cuanto lo hizo, el bulto cobró vida y de él saltaron sapos en todas direcciones: ¡El Comité!.
Esto es un sinsentido absoluto, decidió el adulto. No estaba dispuesto a recibir a ningún comité, además. ¿Por qué no le había dicho nada el Gran Sapo?, ¿por qué estaba metido en aquello? y sobre todo ¿qué era aquello en lo que estaba metido?. Sintió un creciente y sudoroso pánico que multiplicaba sus interrogantes: ¿qué era en realidad el Legado Sapo?, ¿a dónde le conduciría?. Imaginó fastuosas aventuras defendiéndolo de implacables enemigos venidos de muy lejos, protegiéndolo con honor y sangre y decidió que estaba prácticamente a las puertas de la demencia, lo que le produjo una cierta relajación que le permitió escuchar al Comité que ya se había formado encima de la mesa. Eran ocho sapos de avanzada edad, el adulto dudaba de si alguno de ellos tenía barba blanca pero no se atrevía a afirmarlo, sería inaudito.
- Venimos a entregarle el Legado Sapo. - Lo sé, lo sé. Escuchen, hagan lo que tengan que hacer, pero háganlo ya, vale?. Estoy harto de discursos, ceremonias y visitas indeseables. Denme el puto legado y déjenme en paz. - Esa no es la actitud, caballero. - El Comité no se andaba con rodeos en cuanto al legado. Los ocho sapos escupieron su ácido sobre él al unísono, provocando alaridos de pánico del adulto, que lloroso se arrodilló dispuesto a escuchar - Soy todo oídos. - Bien. El Legado Sapo consiste en una biblioteca donde nosotros hemos almacenado nuestro conocimiento milenario. - Bien ¿ y donde está?. - Aquí.
Los ocho sapos vomitaron a su vez y de sus entrañas salieron ocho bellos cristales pulidos de considerable tamaño y distintas tonalidades.
- En estos cristales, hemos recopilado todo nuestro saber, ahora debe usted guardarlos para siempre, ya sabe. - Si, si. Ya sé de que va esto, pero escuche, ¿cuál es la recompensa?, se me ha hablado de una recompensa . - Claro pero eso vendrá después . - ¿Después?, ¿después de qué?. - Después de que su linaje custodie el legado durante mil años, ese breve periodo de prueba al que sometemos a los custodios, recibirán tantas riquezas como puedan imaginar. - ¡Linaje!, ¡Mil años!, ¡Riquezas! . Estoy cansado, no sé a donde me lleva esto . - Le lleva a adquirir una responsabilidad clara y firme,. La custodia del legado sapo que es la historia y la memoria de todo un pueblo. Millones de almas sapo dispersadas por la galaxia que dependen de la abnegación y entrega del custodio en cuanto a la conservación y evolución de este legado para su posterior difusión a todo aquel interesado en la sabiduría y.... - Vale, vale, vale...¿Y si no?. - Si no paz y luego gloria. Allá usted. - Pues vale. Venga ese legado. - Pues venga.
Durante un millón de años. El silencio se hizo dueño del Sistema Solar. Entretanto, La Piedra siguió palpitando rítmicamente desde lo más profundo del Templo, en lo alto del Monte Olimpo. Desde aquel Axis Mundi, latía la vida a unos inexistentes oídos.
Al principio no sucedió nada, aparentemente. Pero tras unas decenas de miles de años, un emergente verdor comenzó a hacerse visible en las laderas y los aledaños del monte y la composición química de la atmósfera marciana, comenzó a cambiar, propiciando reacciones químicas que terminaron desencadenando épicas tormentas y aguaceros milenarios que anegaron el planeta.
Por alguna razón, el Monte Olimpo, El Templo y La Piedra, resistieron intactos muchos milenios de cataclismos y diluvios que anunciaban la nueva vida.
Los suficientes para ser destruidos por el siguiente rebrote humano.
La playa era recreada a cada instante por el viento fresco y salino del amanecer. El mar latía apenas, siseando al morir sobre la arena de cuarzo y ambos refulgían ante la luz del nuevo sol. Un niño avanzaba siguiendo la orilla, persiguiendo la espuma con sus pies descalzos. Tres gaviotas, sorprendidas por su presencia, se interrogaban mutuamente en su idioma elemental, mientras planeaban sobre el agua en busca de alimento. Al fondo, unas formaciones basálticas servían de asiento y atalaya a una solitaria figura cuya silueta, cincelada de quietud, evidenciaba una contemplación serena y absoluta de la línea de horizonte que se extendía ante sí, dividiendo aquel mar de color oro y el brillante firmamento.
Las finísimas arenas de cuarzo azul cubrían los pies del pequeño a cada paso, anegadas sus huellas por aquellas doradas aguas. Iba sin duda al encuentro del vigía, que no reparó en él hasta que llegó a su lado y tiró suavemente de su gastada túnica.
-Kyón – dijo - ¿cuándo vendrán?.
El hombre se giró sin mostrar sorpresa y miró al niño con sus ojos totalmente blancos, en los que se mezclaban la ternura y la compasión. Le conocía, al igual que había conocido a su padre, y a su abuelo, y al padre de éste, y así desde siempre. Alargó su mano y revolvió con suavidad los cabellos del niño mientras su mirada se perdía de nuevo en el horizonte al responder.
-Pronto. Muy pronto.
La respuesta era la misma que había dado a su padre, y a su abuelo, y al padre de éste, pero ellos no le entendieron, igual que el niño, que se le quedó mirando con sus brillantes ojos plateados.
-Sí, pero ¿cuándo?.
El vigía buscó en vano una respuesta más precisa. No la tenía.
- Vendrán muy pronto – repitió – es cuanto puedo decirte.
- ¿Y qué harás? –dijo el niño inclinando la cabeza.
- ¿Qué haré? – contestó perplejo el vigía.
- Sí. ¿Qué harás cuando vengan?.
- Os avisaré a todos en cuanto divise la primera de sus naves.
- Lo sé – replicó el niño – pero...¿y después?.
- Después me iré.
Una sombra cruzó entonces los ojos blancos del hombre llamado Kyón. Un pesar profundo y angustioso le invadió y se sintió muy lejos de allí, lo suficiente para no oir la siguiente pregunta del pequeño.
- Y...¿a dónde irás?.
El vigía parecía haberle olvidado por completo y se levantó bruscamente creyendo divisar una mínima perturbación en aquel horizonte siempre recto, siempre inmutable.
-....¿vienen?
- No.
- ¡¿Quieres contestarme?! – insistió el pequeño - ¿a dónde irás cuando vengan?.
Kyón extendió su brazo para secar con un enorme dedo una gruesa lágrima que descendía por la mejilla del niño y tomándolo por la barbilla le miró a los ojos.
- Hay otros horizontes por los que ellos también vendrán. Buscaré otra atalaya, otro pueblo donde necesiten mis ojos y mi conocimiento. – dijo.
- ¿Pero no esperarás a que lleguen?
- No. Para qué. Eso sólo retrasaría mi partida. En cuanto divise la primera de sus naves avisaré a todo el pueblo y me iré. Entonces, cuando ellos lleguen, despertaréis.
- Pero yo ya estoy despierto – objetó el niño – y tú también.
- Eso es lo que sientes y crees ahora – respondió el vigía esbozando una primera sonrisa tras su espesa barba, más blanca que sus ojos – pero en realidad estamos aún profundamente dormidos.
- Entonces, si te vas, ¿es qué no quieres despertar?.
- Mi despertar reside en la realización de esta labor. Estar aquí para avisaros cuando lleguen.
- ¿Y si nunca vienen, nunca despertaremos?
- Vendrán. Muy pronto.
Diciendo esto desvió de nuevo su atención hacia el limpio horizonte, había entrevisto algo. Lo estudió detenidamente durante unos instantes; era una nube. Entonces, al volver de nuevo la mirada, vio como el niño era ahora un anciano.
Tembloroso y arrugado, asía aún su túnica con una mano huesuda. Sus ojos plata, anegados de agua, le contemplaban reverentes y fijos. Kyón sostuvo aquella mirada con la suya, llena de compresión y carente del más mínimo asombro, y acariciando con ternura su desnuda cabeza, le dijo:
- Y ahora vuelve a tu casa.
El anciano, obediente, se giró muy despacio y arrastrando los pies por la arena azul, dejó que aquel mar dorado los mojase en el camino de regreso.
El enorme perro negro lame con fruición la sangre oscura de la joven muerta. El inspector contempla la escena con ojos vacíos, inmóvil en medio del callejón; las manos frías en los bolsillos de la gabardina, los hombros hundidos. Un farol amarillento proyecta su triste cono de luz sobre ellos. Llueve apenas. El ruido de los lametones es obsceno y vagamente orgiástico. El inspector intenta contener la náusea cuando se acerca al cuerpo, que apesta. La chica está desmembrada, rota. Restos de su ropa se esparcen alrededor del cadáver, un amasijo de huesos astillados, tripas y sangre. El perro gruñe sordamente cuando el inspector se acerca pero continúa su tarea sin siquiera mirarle. Como cada noche el inspector siente flaquear sus piernas, se marea y vomita. Como cada noche la misma frase retumba en su cabeza: “les da la vuelta como a un calcetín”, la descripción de los forenses para el común resultado de aquellos crímenes. El inspector sabe - todos saben - que aquel escarnio es obra de la sombra; un acto más en un abominable drama que dura ya meses y en el que, noche tras noche, se repite inexorable el mismo maldito ritual: joven muerta en un callejón, ropa destrozada, cuerpo reventado, salvaje agresión sexual y sangre por todas partes. Hasta ahora, ni un testigo, ni una pista.
Nadie ha oído o visto nada en ninguno de los crímenes, nadie sabe nada.
Y esto inquieta y mucho al inspector, teniendo en cuenta que con más de cien mujeres asesinadas, una por noche, la turba busca febrilmente al responsable en cada callejón, alcantarilla y agujero de la ciudad. Nada. Nadie. La prensa bautiza al asesino con el ingenioso nombre de la sombra mientras los crímenes prosiguen. Cada noche.
El perro negro termina de lamer sangre del cadáver y limpia su empapado hocico con perezosos lengüetazos. Después de mucho tiempo, siente que ahora está completamente saciado y puede irse definitivamente. Antes de hacerlo alza la cabeza. El inspector y el perro negro se miran. Y de pronto, el inspector comprende. En los ojos del animal arde el infierno. En los del hombre, el pánico demente.
Encuentran el cadáver del inspector junto al cuerpo de la última víctima, el forense dictamina ataque al corazón. Cesan los asesinatos. Caso cerrado.
Cada atardecer, durante los últimos diez millones de años, he disfrutado dando un paseo por la orilla del río después de jugar y ganar mi partida de tute diaria. La verdad es que cuando me jubilé - a los sesenta y cinco - no podía imaginar que viviría tantos y tan largos días. Pero bueno, quitando el último millón, en el que la gota y el reuma han empezado a molestarme, no me quejo. Sin embargo, en la Agencia Tributaria - los de hacienda - ya no saben que hacer conmigo. Mi pensión se ha ido revalorizando cada año y...bueno, yo he perdido ya la cuenta de los ceros. Pero ellos no, claro. Y viven obsesionados con descubrir el secreto de mi longevidad; que ilusos. Y mira que lo llevan intentando; lo han discutido durante miles de generaciones, millones de funcionarios, durante prácticamente infinitos desayunos, y nada. Han llegado incluso a enviar parejas de agentes secretos como infiltrados a mis partidas de tute, aunque debo decir que siempre sin éxito. Su manera burocrática y entreguista de jugar los triunfos les delató en todos los casos. Y a fin de cuentas...¿mi secreto?...pasear cada tarde por la orilla del río... …y nunca arrastrar de tres.
Hoy es Sant Jordi en la Ciudad Condal. Hay un sol y una suave brisa de primavera contra un cielo perfectamente azul, tan nítido que daña al mirarlo. Los barceloneses se lanzan en masa a la calle, jóvenes y mayores. Muchos visten la samarreta del Barça - que hoy juega vs. Manchester - y la senyera ondea en cada balcón, en cada autobús, en cada plaza. La tradición ya conocida, hace multiplicarse los puestos de rosas y sus precios, que en esta edición promedian seis euros por unidad. Los puestos de libros son coloristas, tristes y predecibles como el circo. Clones de superventas y libros de cocina o viajes. Uno tras otro, los inevitables Ken KETE follen, la amiga Matilde Asensi; que con su excelsa prosa ganaría cualquier concurso de redacción de primaria sin esfuerzo alguno -siempre que le corrigieran la ortografía - Zafón, el avaro, que no contento con sacar una edición de un millón de ejemplares de El juego del ángel, lo hace una semana antes de Sant Jordi. Cuando mercadotécnia y creación literaria se mezclan, los peces grandes crecen y los pequeños, pues eso...En su favor decir que se reafirma en su decisión de no vender los derechos de La Sombra del Viento para cine, olé Carlitos.
El tráfico y las sirenas empobrecen la banda sonora de los ríos humanos que resbalan rambla abajo o trepan por el Passeig de Grácia. De cuando en cuando, los ávidos ojos del lector (esa rara avis en peligro de extinción), encuentran un puesto diferente. Tapado por inmensas pilas de Montalbanes, Millás, Etxeberrías, Marias y Buenafuentes (¿) que se amontonan en los tenderetes vecinos, asoma apenas el puesto de libros de segunda mano. El librero, con esa mirada gatuna y polvorienta, exhibe orgulloso lo mejor de lo que tiene, ¡¡Óme, que és note que avui es Sant Jordi!!. El puesto, extrañamente vacío, es desdeñado por las gentes, que pasan de largo portando una, dos y hasta tres bolsas llenas de libros absurdos de tapa dura que nunca leerán y que si leen, nada les aportarán, excepto un breve interludio de fuga en este a veces insoportable presente, que bien mirado, no es poco. El lector sabe que ahí es donde quizá pueda encontrar uno de los otros libros.
¿Pero hay otros libros?. Los hay. No son mejores, ni más caros, ni más gruesos, ni más difíciles de leer o de comprender, a veces todo lo contrario. Pero ocurre que esos libros son en su mayoría poco conocidos, a veces, casi secretos.
Esos libros son los que realmente importan.
Permítanme hacer una analogía con el Tarot: los bestsellers son los arcanos menores. Sirven para jugar, para pasar un rato gratificante (esto es importante) y son tan distintos uno de otro como un seis y un siete de copas, no más. Los Arcanos Mayores en cambio, no son ningún juego. Hay quien dice que al mirarlos estamos leyendo El Libro de Thot, otros lo niegan, pero nadie puede atestiguar su origen o su nacimiento, como si estas escenas hubieran estado ahí desde siempre y probablemente así sea. Estos arcanos son tan distintos entre sí como El Ahorcado o El Mundo, pero en el fondo todos cuentan la misma historia, para ser más exactos, cada uno cuenta una parte de esa única historia. Y esa historia, es muchas veces infinitamente más gratificante que un bestseller, pero otras, ay!, puede arrastrarnos a las sombras, a las dudas y al dolor, partes inherentes aunque indeseables de la existencia, cuando nuestra visión y conocimiento se vean retados por nuevos desafíos; de los que sin duda saldremos con el tiempo heridos y más sabios. Lo mismo ocurre con esos otros libros de los que hablo.
¿Y cuáles son esos libros?.
Bien, esos libros son innumerables y distintos para cada lector y para cada momento de la vida del lector, pero este los reconoce al vuelo. Incluso antes de leerlos o de tenerlos en sus manos, lo sabe. Ha obtenido referencias indirectas o directas, ha oído comentarios en ninguna parte, ha leído citas, o puede que jamás haya oído hablar de ese libro hasta tenerlo delante. En cualquier caso el lector sabe, no sabe cómo pero sabe, que ese libro le abrirá un poquito más los ojos, izará para él, a veces sólo un fugaz instante, la esquina de la alfombra cósmica y podrá vislumbrar un pedazo de inmortalidad, un reflejo de los cielos e infiernos propios y ajenos, interiores y exteriores; un atisbo de Dios. Y ese lector sabe además, con insólita certeza, que ese libro ya lo está buscando también a él. Y cuando dos voluntades confluyen en un mismo propósito, lo inevitable sucede una, dos, diez mil veces.